INMIGRACIÓN E HIPOCRESÍA.
" Ojalá vivas tiempos interesantes". Esta es la peor de las maldiciones chinas, que en clara alusión a lo agradable de tratar con lo conocido, con aquello con lo que nos identificamos, considera que lo interesante y nuevo es malo en sí mismo.
Tal afirmación, que hoy en día está discutida por aquellos que creen que dándole la vuelta al mundo tendríamos una existencia mejor, tiene un fiel reflejo en la evolución de uno de los hechos inauditos en la historia: la inmigración de masas.
La inmigración no es un fenómeno nuevo, pero sí lo son las dinámicas que lo motivan en la actualidad: si, por ejemplo, desde España muchos huyeron a países hispanohablantes por el estallido de la Guerra civil (y la posterior imposición de la dictadura de Franco), en este mismo país estamos recibiendo a muchos de los ciudadanos que están sufriendo los efectos que otras dictaduras ( como la cubana), o de otros países que no se declaran como dictaduras pero lo son en la práctica ( como el régimen chavista venezolano) , les hacen padecer.
Es normal que, por los lazos históricos y culturales que nos unen, pensemos de forma instintiva en acudir a aquel país con el que tenemos tanto en común. Y, de este modo, y de la misma manera que se formaron en esos países colonias de españoles que huían del hambre o de la muerte, hoy en día sucede lo mismo alternando el origen del emigrante.
Estos flujos tienen un efecto bueno sobre aquellos que emigran y el lugar donde se les recibe: al tener tanto en común, y existir una voluntad de integración en el lugar que le da la bienvenida, suele existir una predisposición a aportar lo mejor de uno mismo en gratitud por esa generosidad, y eso provoca a su vez un efecto de aprobación social que legitima la inmigración. Es decir, venir a aportar a el avance de la sociedad hacia el bienestar por medio del duro trabajo (o de emprender) nos beneficia a todos.
Además, suele suceder que esta inmigración no supone una carga para el erario público ( al contrario, suelen ser cotizadores netos) y se integran perfectamente en la vida social del país. Muestra de ello es la importante cifra de relaciones de pareja que vinculan a unos y a otros, así como la profusión de relaciones de amistad que suelen nacer entre nosotros.
El balance de la inmigración, entendida de este modo, es muy positiva para todos.
Ahora bien, esto no ocurre cuando nos referimos a la inmigración que copa los titulares de la prensa y de nuestros telediarios: la inmigración subsahariana o, como a mí me gusta definirla, de religión o cultura musulmana.
Las diferencias entre ellas son tan obvias que nadie debería sentirse en la obligación de remarcar sus diferencias, pero habida cuenta de que hay quien pretende hacer creer que ambas tienen mucho común ( algo por lo que, de ser yo un inmigrante hispanohablante en España, me sentiría profundamente insultado) no está de más recordar los puntos más sangrantes a la hora de diferenciarse: la dependencia económica y la inadaptación social.
Que la inmigración subsahariana es nada productiva y extremadamente dependiente de la " solidaridad " de los españoles es algo que ha quedado patente a lo largo de los últimos veinticinco años. Su absoluto rechazo por la estructura productiva les hace incapaces de adaptarse a una demanda exigente, y de existir tentativa de trabajar suelen estar relacionados con actividades ilegales ( como la venta de imitaciones ilegales de productos de marca o manufacturas de otro tipo. E, incluso, el tráfico de drogas) o de poco valor añadido ( como limpiar coches u otras por el estilo).
Sin embargo, por mucho que esto sea condenable, pues muestra un rechazo sintomático hacia la civilización occidental, es en los inmigrantes de origen árabe en los que más acusado es, pues la nula incorporación de la mujer a el trabajo remunerado supone una barrera prácticamente infranqueable a la hora de adaptarse a nuestro modo de vida.
Pero, si en algo se diferencian de forma más significativa de la inmigración deseable para cualquier país civilizado, es en su cultura ( mas bien falta de cultura) y la total ausencia de intento de integrarse socialmente. Su actitud absolutamente hostil, fuertemente marcada por la violencia gratuita, y su intento de someter a los demás a sus primitivas creencias religiosas y tribales les acercan a una posición subhumana. Muestras de esto son el absoluto desprecio por la ley y la autoridad, por la propiedad privada y, en suma, por cualquiera que no se pliegue a sus bestiales deseos.
Hasta tal punto están estos inmigrantes relacionados con estos comportamientos que el Instituto Nacional de Estadística dejó de publicar la estadística de delitos por nacionalidades en el año 2011. Y ello pese a que, ya en ese momento, la estadística mostraba que existía una gran probabilidad de que el migrante al que nos referimos cometa algún delito relacionado con los de carácter sexual, el homicidio ( incluyendo en esta categoría el asesinato), robo o lesiones. De hecho, seguro que usted ya ha podido comprobar como los medios de comunicación tradicionales obvian comunicar las ingentes cantidades de violaciones y actos violentos que ellos llevan a cabo.
¿ES ESA LA ESPAÑA QUE USTED QUIERE?
Por muy lamentable que resulte reconocerlo, solo los dictadores más violentos pueden mantener un cierto orden entre estos sujetos.
Gaddafi, Sadam Husein o Al-Ásad pudieron mantenerlo gracias a la amenaza continua de acciones violentas. No debe sorprender que esto sea así: la inmensa mayoría del mundo islámico vive en sociedades de tipo tribal en las que no se entienden ni aceptan conceptos como la solidaridad social o los derechos humanos.
Mientras que estos son el fundamento de nuestros Estados, están totalmente ausentes allí y es lo que justifica y explica que no existan democracias en el mundo musulmán y que necesiten de sátrapas que a base de fuerza impongan orden.
La pregunta que se abre es, ¿ es eso lo que usted quiere para su país? España, como todos los países, es una idea, la idea de la España que entendemos hoy y deseamos ver mañana. ¿ De verdad quiere usted una España sometida a un futuro incierto por entender mal la solidaridad?
Obviamente, solo un loco puede desear ver una España en la que el Islam ocupe un lugar relevante, y donde sus fieles sean elevados en número. Esta ambivalencia de desear ser solidarios con ellos, pero manteniéndolos bien lejos de nuestros hogares, es la mejor muestra de la hipocresía que reina en un tema como este. Y si no es así, si usted sí desea tenerlos cerca, acuda como voluntario a la valla e inscriba a sus hijos en un colegio donde exista un alto número de inmigrantes. Pero, sobre todo, no se queje luego de las consecuencias. Son los efectos de la integración, y usted nos haría un favor pagando en sus carnes ese precio, mientras los demás nos libramos de ello.
Eduardo José Ramírez Allo.
Politólogo.
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